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Más allá del cociente intelectual: La realidad invisible de los adultos con altas capacidades.


Mujer con gafas y cabello rizado hojea libros en una biblioteca, rodeada de estanterías llenas de colores.

Cuando hablamos de ‘altas capacidades’ es interesante adoptar un enfoque flexible sobre dicho concepto, ya que es habitual tanto asociar esta denominación con la llamada superdotación como también tender a pensar que la persona con altas capacidades está dotada de una excepcionalidad generalizada en diversas aptitudes intelectuales.

 

Lo cierto es que las altas capacidades constituyen un conjunto de características cognitivas, emocionales y conductuales que forman parte del perfil psicológico de una persona. Se estima, aunque no existan datos oficiales, que este rasgo está presente en entre el 7% y el 10% de la población general. Este perfil se enmarca dentro del ámbito de la neurodivergencia, junto al trastorno del espectro autista (TEA) y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

 

Entre las características comunes de las altas capacidades, es frecuente encontrar talentos (simples o complejos) en ciertas aptitudes específicas, como el razonamiento matemático, la capacidad espacial o el uso del lenguaje. Estas habilidades suelen asociarse a un coeficiente intelectual superior a 120 en pruebas psicométricas estandarizadas (y por encima de 130 en casos de superdotación).

 

Sin embargo, disponer de un rasgo tan complejo como las altas capacidades también conlleva otras características menos visibles, tanto positivas (como una alta sensibilidad, profundidad emocional o creatividad), como también desafíos importantes: mayor probabilidad de experimentar síntomas ansioso-depresivos, una sensación persistente de falta de pertenencia o conexión social, y una elevada necesidad de control sobre uno mismo o el entorno.

 

Por desgracia, en la actualidad existe un problema de infradiagnóstico en la población adulta con altas capacidades. Muchas personas, pese a verse reflejadas en las características anteriormente descritas, no fueron correctamente identificadas durante la infancia o adolescencia, probablemente por deficiencias del sistema educativo o por desinterés o desconocimiento en el entorno familiar.

 

Desde hace décadas, el sistema educativo ha dispuesto de forma irregular y parcial de instrumentos de evaluación psicológica centrados casi exclusivamente en ciertas áreas del rendimiento intelectual, especialmente las relacionadas con el éxito académico tradicional. Aunque estas pruebas se han ido modernizando, todavía hoy algunos profesionales carecen de formación suficiente para interpretar adecuadamente los resultados, especialmente en combinación con aspectos emocionales o sociales. Evaluar a adultos con altas capacidades implica dar un paso más en relación al coeficiente intelectual: escuchar y validar su historia, así como tener en cuenta ciertos indicadores como la hipersensibilidad emocional o su pensamiento arborescente.

 

Además, aunque un menor sea correctamente identificado, la implicación familiar es esencial. En última instancia, son las familias quienes deben decidir si profundizar en la comprensión de este perfil y adoptar estrategias de acompañamiento adecuadas. Lamentablemente, en muchos casos esto no ocurre, lo que impide que se creen entornos emocionalmente seguros y estimulantes.


El resultado de estas carencias es que muchas personas han alcanzado la adultez sin un diagnóstico adecuado. Esto suele ir acompañado de un proceso interno de cuestionamiento, en el que se culpabilizan por sentirse diferentes, por su sensibilidad, su hiperempatía o su dificultad para conectar socialmente. Esta vivencia puede dar lugar a síntomas ansioso-depresivos, dificultades en las habilidades sociales, problemas de autoestima o perfeccionismo, entre otros reseñables.


Comprender que una persona con altas capacidades interpreta la realidad desde una perspectiva neurodivergente, simplemente porque su cerebro procesa la información de forma diferente, no implica patologizar. Significa, más bien, acompañar desde el conocimiento y la empatía a quienes han transitado gran parte de su vida sintiéndose “demasiado” o “fuera de lugar” en un mundo que pocas veces habla su idioma.


Muchas personas con altas capacidades acuden a consulta psicológica sin idea de buscar un diagnóstico o, simplemente, sin tener en cuenta la existencia de tales capacidades. Lo que sí está claro es que la comprensión y la correcta identificación y evaluación psicológica de sus altas capacidades, por una persona formada en la materia, permite que descubran una parte de sí mismos, oculta, a la que ponerle un nombre, una explicación que permita sentir alivio. El motivo es que la identificación de las altas capacidades en el adulto puede generar un proceso reparador del pasado del individuo, quien resignifica su historia personal y acepta su forma de ser sin derivar en una autoexigencia destructiva.


Queda mucho por hacer para que las altas capacidades sean vistas por el resto de la sociedad como algo más profundo que un simple coeficiente intelectual, puesto que su excelencia intelectual va acompañada de vulnerabilidad. Para ello es preciso dar por sentado que las personas con altas capacidades no son quienes han de adaptarse al sistema, sino que es el propio sistema el que tiene la responsabilidad de ayudar a que puedan vivir en una sociedad sin deslegitimar su complejidad emocional.

 
 
 

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