La conexión emocional en la terapia
- Álex Melic Montañés
- 29 may
- 2 min de lectura

Hay algo de lo que creo que los psicólogos hablamos poco. Y es que, a veces, nos encontramos con ciertos pacientes en nuestro día a día que nos atraviesan de forma diferente.
No hablo de favoritismos ni de falta de límites terapéuticos. Tampoco de convertir la terapia en algo personal, sino de algo más humano y silencioso: de esos momentos en los que alguien empieza a hablar delante de ti y reconoces algo de su forma de pensar o sentir que te recuerda a ti mismo. Se trata de la conexión emocional.
Puede ser un pensamiento concreto, una emoción, una visión general de lo que es la vida o incluso las mismas cosas que hacen emerger su sensibilidad.
A pesar de que en las universidades se enseñe que la escucha activa es importante durante el desarrollo de una terapia psicológica, es normal que una parte de nosotros comience a conectar y recordar. Y creo que en esos momentos salimos parcialmente de nuestro rol para conectar con nuestro verdadero yo.
A veces sucede con personas que han pasado gran parte de su vida sintiéndose fuera de lugar, aunque exteriormente parezcan funcionales en la interacción social. Personas que aprendieron a adaptarse, sonriendo y pareciendo seguras, mientras que en su interior seguían sintiendo una distancia complicada de explicar respecto al mundo que les rodea.
En otras ocasiones ocurre con pacientes empáticos, acostumbrados a cuidar de otras personas mientras minimizan su propio sufrimiento emocional. Y sí, esto ocurre con muchos terapeutas, cuidadores, personas con altas capacidades o alta sensibilidad, entre otras.
Son personas que piensan y sienten demasiado. Personas que acuden a consulta pensando que su problema es precisamente ser así. Y mientras tanto, nosotros estamos al otro lado, escuchando y comprendiendo ese lugar.
Con el tiempo me he dado cuenta de que una de las partes más complejas de esta profesión es precisamente esa: aprender a acompañar emocionalmente al otro sin dejar de reconocer nuestra propia humanidad.
Porque los psicólogos también tenemos historia y hemos sentido emociones complicadas de gestionar en determinados momentos de nuestra vida. La diferencia palpable es que aprendemos a utilizar nuestra propia experiencia para comprender mejor el sufrimiento emocional de los demás.
Y creo, sinceramente, que algunos pacientes perciben ese punto: cuando delante suya no tienen únicamente a un profesional en la materia, sino también a un ser humano capaz de comprender ciertas heridas (quizás porque también ha pasado por ello) desde un lugar profundamente humano.
Creo sinceramente que las conexiones humanas más profundas nacen precisamente ahí: en sentir que alguien comprende una parte de ti que normalmente permanece en silencio frente al resto del mundo. Quizás por ese motivo hay historias que dejan huella incluso después de cerrar la puerta de la consulta, tanto en el consultante como en el profesional.
Al fin y al cabo, son historias que no solo se escuchan, sino que también se reconocen con humanidad y empatía.



Comentarios