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Las emociones y su valor biológico


Una niña sonriendo.

Las emociones tienen un valor biológico fundamental: son producto de la evolución y tienen un valor adaptativo para el organismo respecto al medio ambiente. Son una fuente de motivación, porque nos invitan a actuar, a realizar ciertas conductas para relacionarnos con nuestro entorno. Resultan decisivas para nuestra supervivencia.


Ya desde pequeños, los bebés experimentan las llamadas ‘emociones sociales’, vinculadas al apego del niño a determinadas figuras, mostrando una relación del bebé con su propio entorno. Este tipo de emociones muestran cierta independencia del contexto socio-cultural en el que el niño se encuentre: la tristeza de un bebé que necesita alimento se expresa igual en cualquier parte del mundo.


Sin embargo, esto no siempre es así. Aparte de existir algunas emociones categorizadas como ‘universales’ (alegría, tristeza, sorpresa, asco, ira, miedo…, etcétera), existen otras vinculadas con el llamado ‘lenguaje emocional’, que constituye una muestra de las diferencias interculturales entre distintos pueblos: la biología explica el componente adaptativo, pero ciertas emociones son mostradas de una u otra forma al entorno (o incluso su expresión es anulada de acuerdo al contexto intercultural).


Aprendemos cuándo un estímulo nos provoca ira (debido a la frustración, por ejemplo), pero el contexto produce en el individuo la llamada auto-regulación: intentamos mostrar la emoción (en este caso la ira) solamente cuando creemos que debemos hacerlo, según determinadas normas. No expresamos la emoción si el contexto no es el adecuado para ello, por lo que la idiosincrasia socio-cultural juega un papel importante en la expresión de las emociones, quién reforzará (o castigará, según el caso) dicha expresión.


Por otra parte, las emociones también llevan consigo evaluaciones e interpretaciones de tipo subjetivo que llevan al individuo a desarrollar experiencias muy diferentes de las que otro individuo, en la misma situación, pueda manifestar, encontrándose también vinculadas con la elaboración de juicios morales.


No obstante, no sólo las emociones juegan un papel fundamental para el desarrollo individual o interpersonal, sino también a nivel intergrupal. Las emociones, a través de las expresiones faciales y su universalidad, ofrecen información al entorno (a los demás) sobre el estado fisiológico y psicológico (cognitivo) del individuo, pero también a nivel motivacional, constituyendo un pilar básico de interacciones sociales de tipo afiliativo, apego o apoyo (por ejemplo, a los recién nacidos).


Existen pues emociones intergrupales (o sociales) fruto de manifestaciones colectivas y estándares socio-culturales, generándose un clima emocional (dentro del clima social) donde se encuentran los vínculos vitales del individuo con el entorno (y viceversa). Muchas de las emociones sociales fomentan el valor adaptativo y el reajuste de relaciones o valores grupales.


Frente a todo lo expuesto, a pesar de los diferentes enfoques existentes (holísticos, analíticos) y los debates entre la emotividad y la racionalidad, basta decir que la emoción, con independencia de las diferencias inter-culturales, su lenguaje emocional y su regulación, constituye una fuente motora y conductual (motivacional) de la acción, siendo su presencia inevitable en el flujo continuo de experiencias significativas de la vida de cualquier ser humano.

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