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Donde habita la luz


A veces, crecer siendo una persona con altas capacidades o alta sensibilidad no se parece a lo que la gente imagina.


No tiene tanto que ver con sacar buenas notas (algo que suele ser nombrado en las consultas de psicología cuando surge esta hipótesis). De hecho, muchas personas llegan a la adultez arrastrando una sensación difícil de nombrar: la de haber vivido gran parte de su vida sintiéndose emocionalmente ‘desplazadas’ del resto del mundo.


Cuando estoy en mi asiento y los pacientes hablan de esta sensación, me siento muy reflejado y empatizo de inmediato con ellos. Entiendo que sienten lo que yo: una distancia invisible entre ellos y los demás. Imperceptible, pequeñita y constante.


Sé muy bien que está en nuestra percepción, en nuestro modo de interpretar nuestra propia realidad y que los demás ni siquiera se dan cuenta de ello en multitud de ocasiones. Pero está ahí.


Está en las conversaciones que se sienten vacías aunque uno sonría y participe. O en la necesidad de callarse ciertas partes de sí mismo para no parecer una persona ‘intensa’.

Está en la costumbre de analizar demasiado las cosas, incluso las emociones y gestos de los demás. Mientras tanto, nuestras emociones parecen inundarlo todo.


Es en ese agotamiento silencioso que aparece después de pasar horas rodeado de gente, cuando a veces uno siente que nadie ha llegado realmente a verte (aunque en otras ocasiones, cuando alguien ve tu ‘yo real’, se da cuenta de que eres ‘luz’).


Muchas personas con altas capacidades o alta sensibilidad aprenden pronto a adaptarse. A relacionarse y encajar, reduciendo (o modulando, mejor dicho) su forma de ser. El motivo es querer transformarse en ‘otro yo’ que pueda ser visto y validado por los demás, como si tu ‘yo real’ no pudiera ser considerado por las personas del entorno como algo bueno para ellos y el mundo. Al final, terminamos ocupando menos espacio emocional del que tendríamos derecho a tener.


Aprendemos a no hablar demasiado de lo que sentimos (admito que antes me pasaba mucho más). Aprendemos a no profundizar demasiado, lo cual es irónico porque luego mostramos mucha empatía con los sentimientos y emociones de otras personas.


Y con el tiempo, uno puede acabar construyendo una versión muy funcional de sí mismo… mientras por dentro sigue existiendo la sensación de estar buscando hogar en algún lugar.

Algo que rara vez se dice es que las personas con altas capacidades o alta sensibilidad no suelen necesitar admiración de otras personas. La realidad es que necesitan conexión: encontrar personas con las que dejar de traducirse constantemente en un idioma que no es el suyo; vínculos donde no haga falta simplificar sentimientos, esconder emociones o fingir ser otro ‘yo’ distinto de nuestro ‘yo real’.


Es bonito cuando eso se produce porque lo notamos enseguida al encontrar a personas con las que se puede hablar durante horas y sentir que el tiempo desaparece. También el silencio deja de resultar incómodo. Ese ser humano es capaz de comprender que detrás de todo eso, hay una forma muy profunda de estar vivo.


Cuando aparece una conexión así, ocurre algo difícil de explicar. El cuerpo descansa. La mente deja de estar permanentemente alerta y desaparece esa sensación de tener que justificarse todo el tiempo. Por un instante, uno deja de sentirse ‘demasiado’ o ‘incorrecto’.

Simplemente se siente comprendido.


Quizá por eso muchas personas con altas capacidades o alta sensibilidad no buscan tener cientos de relaciones superficiales a las que llamar ‘amigos’ (a pesar de que sé por buena experiencia que tenemos habilidades sociales de sobra como para llevarnos bien con muchas personas).


En el fondo, suelen anhelar algo mucho más íntimo y difícil de encontrar: personas con las que poder ser completamente auténticas sin miedo a resultar extrañas.


Porque vivir sintiendo mucho puede ser agotador. También cuando pensamos demasiado. O cuando percibimos constantemente los matices emocionales del mundo que nos rodea.

Pero hay algo todavía más doloroso: sentir que uno tiene que esconder esa parte de sí mismo para ser querido.


Y no deberíamos vivir así.


Nunca hubo nada malo en nosotros. Al final nosotros somos también personas donde habita la luz. Ni al emocionarnos, ni al querer evitar conversaciones triviales en un mundo de vínculos rápidos y distracciones constantes: nunca hubo nada fallido en nuestra composición.


Nuestra sanación no llega cuando aprendemos a encajar en cualquier lugar. Llega cuando encontramos lugares, miradas y personas donde ya no necesitamos reducirnos para permanecer.


Quizá ese sea uno de los deseos más humanos de todos: poder sentarse junto a alguien y sentir, por fin, que no hace falta explicar quién eres para que te entiendan.

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