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¿Y si fueras Will Smith...?


Cuando me levanté esta mañana y leí la noticia de que Will Smith había propinado una bofetada a Chris Rock en la gala de los óscar, entré rápidamente a visualizar el vídeo correspondiente en las redes sociales, imagino que como tantas otras personas. La situación me dio bastante tristeza, no tanto por la torta en sí, sino por el espectáculo de todo el proceso. En primer lugar, una broma de mal gusto expuesta por el presentador, relacionada con las consecuencias físicas que sufre una determinada persona (en este caso, Jada Pinkett), termina con acto de ira sorpresivo que, lejos de tranquilizar al abofeteador, lo sume en una tremenda tristeza ¡justo antes de recoger un óscar! ¿No es irónico?


Los foros de las redes sociales que he consultado (así como otros medios de comunicación) se han llenado enseguida de comentarios de personas corrientes, unos apoyando el acto en sí como defensa de los intereses de Jada, otros defendiendo al agredido ateniéndose a la libertad del humor absurdo y a la no violencia. La cuestión que ha aparecido en mi mente es: ¿Realmente actuaríamos igual que estamos opinando en los foros sociales y en las charlas informales sobre este tema? ¿O quizás actuaríamos diferente si fuésemos Will Smith en su misma situación?


Cuando me puse triste esta mañana fue por mera empatía, incluyendo al agresor, al agredido, a Jada y a todas las personas presentes y no presentes que han visualizado el acto en todo el mundo. Porque he podido ver un acto de agresión conjunto: una agresión verbal del humorista en el escenario, con una broma muy poco acertada al tratar de hacer gracia respecto a las consecuencias físicas de una enfermedad; una agresión física de un esposo que ha tomado decisión de tomarse la justicia por su mano delante del público; el silencio demoledor del público (durante unos cinco segundos) y las críticas posteriores a los participantes.


Pero lo cierto es que en ese momento vi que Will estaba sumido en ciertos factores internos y externos difíciles de manejar por muchas personas, incluyendo muchos y muchas que han opinado en ciertos foros. Porque en realidad, todos somos productos de nuestras experiencias y aprendizajes en la vida. Y puede que Will no estuviera pasando por un buen momento. No conozco para nada su vida, pero quizás una mala infancia, traumas psicológicos, complicaciones en la relación de pareja, el nerviosismo de la gala de los óscar, el perfeccionismo al que puede tender una figura pública bajo el escrutinio continuo de los focos o el sufrimiento en la cara de Jada, le llevasen a actuar cómo actuó. ¿Lo hizo de manera correcta?

No, claro que no. Pero tras llevar a cabo el acto y a pesar de la tranquilidad dada por algunos colegas actores que acudieron a hablar con él, la ira dio lugar a la tristeza. Y lo que iba a ser una celebración de su premio se tornó en una fiesta más triste y oscura de lo habitual, probablemente con muchas rayadas de cabeza y arrepentimiento en los días venideros.

No estoy defendiendo a Will y su acto de ira. Tampoco al humor incisivo del presentador. En realidad, lo que defiendo es que no podemos saber cómo actuaríamos ninguno de nosotros/as bajo las características, experiencias, aprendizajes y circunstancias que rodean a la persona de Will Smith. Nadie se puede poner en su pellejo.

¿No me crees? El experimento de la cárcel de Stanford (1971), del cual ya escribiré con más detalle, es una muestra de ello y de la llamada disonancia cognitiva. Desarrollado por el psicólogo investigador Philip Zimbardo establece que bajo un determinado rol, las personas son capaces de transformarse de acuerdo al rol del momento, llegando a consecuencias inimaginables. Nosotros opinamos de un determinado acto según nuestros propios intereses, juicios y experiencias... ¿pero y si realmente fuésemos otra persona o adoptásemos un rol diferente al que solemos desarrollar, como un actor famoso que tienes sus más y sus menos? ¿generaríamos las mismas conductas que siendo nosotros/as? ¿Y si es el ambiente (en este caso, la gala donde se están realizando comentarios negativos sobre tu mujer) el que provoca de por sí la conducta que vamos a desarrollar a continuación? Las teorías de atribución disposicional o situacional, respectivamente, tienen mucho que decir sobre ello. Dejaremos para más adelante el experimento de la cárcel de Stanford por incluir aspectos más decisivos en este debate que pueden influir en la conducta específica del individuo (como el apoyo institucional).


Lo que está claro es que los protagonistas de esta historia (Will y Chris) necesitan reflexionar y analizar la necesidad de cambiar algunas cosas en sí mismos, quizás con ayuda psicológica, para adoptar conductas más funcionales.


¿Y qué hubiera hecho yo? Posiblemente irme con dignidad sin pegar a nadie ni dar el espectáculo, pero dando ejemplo de mi rechazo a tal comentario. ¡Bah! ¿Sabes qué? ¡Nunca podré saberlo!


Porque yo no soy Will Smith.


¡Un abrazo lector/a!


Álex Melic

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