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El sobrediagnóstico de los trastornos mentales.




Hola a todos/as:


Cualquiera de nosotros/as puede pensar que el volumen de trastornos mentales diagnosticados en la sociedad occidental se ha visto multiplicado en los últimos años, ya sea por un motivo u otro. Aquí comienza un debate largo en el que podemos intuir que las tendencias al sobre-diagnostico, los sucesivos cambios del DSM (uno de los principales manuales de diagnóstico de psicología), los intereses de las compañías farmacéuticas o el estrés cotidiano, son algunas de las variables que han jugado un papel fundamental en la aparición de nuevos trastornos y en la sustitución de otros.


¿Realmente se está generando el diagnóstico de tantos y tan variados trastornos mentales en el mundo? Lo cierto es que parece ser que, con independencia del cumplimiento de los criterios diagnósticos del DSM-5 o del CIE-11, la frecuencia de aparición de signos o síntomas entre la población se ha visto traducida en el diagnóstico de una mayor aparición de trastornos mentales en los últimos años (hasta 1 de cada 10 adultos y 1 de cada 100 niños padece algún trastorno de esta tipología, según los resultados obtenidos en la Encuesta Nacional de Salud de España de 2017).


Los intereses económicos, ayudados por los medios de comunicación en una sociedad de la información como la que vivimos hoy en día, se han frotado las manos ante esta vorágine de trastornos mentales. A modo de ejemplo, retomando los datos de la citada encuesta, 1 de cada 20 adultos toma algún tipo de fármaco antidepresivo, un dato relevante para nuestro país si tomamos en cuenta que se nos informa de un crecimiento en España del 146% en el caso de consumo de antidepresivos en el período 2000-2011 (Baile, 2018).


A partir de lo anterior y una vez establecida la base de proliferación del diagnóstico del trastorno mental en nuestro día a día, cabe preguntarnos si, a la vez que se amplía la tipología de trastornos mentales, también se ha producido un incremento en el ámbito de la intervención psicológica.


La respuesta es un sí rotundo. La búsqueda de la salud (física y mental) de la población, ya sea desde el punto de vista del Estado como desde cada profesional sanitario, con la colaboración de universidades, centros de investigación, la industria farmacéutica e incluso, el propio interés personal de cada paciente, ha ocasionado que la sociedad actual oferte un extenso conglomerado de intervenciones y tratamientos psicológicos, cada uno de ellos con una naturaleza, objetivos y características diferenciados.


Ahora bien, si existen tantos trastornos mentales, con una sintomatología, frecuencia e intensidad e interferencia en la vida cotidiana tan diferenciada para cada trastorno mental y paciente ¿Cómo conocer cuál es el mejor tratamiento?


Quizás uno de los textos que más pueden acompañar a estas palabras es el documento llamado ‘La eficacia de los tratamientos psicológicos’ (Labrador et al., 2002), escrito en el seno de la Sociedad Española para el avance de la Psicología Clínica y de la Salud o SEPCyS, Siglo XXI. Dentro del citado documento, en el cual se efectúa un recorrido por la definición del tratamiento psicológico hasta los avances más actuales en la materia, se da a entender que el boom producido en el ámbito del trastorno mental ha precisado la proliferación de numerosos tipos de tratamientos psicológicos, teniendo mayor evidencia científica aquellos derivados del ámbito cognitivo-conductual, aunque otros como la terapia interpersonal (en el caso de la depresión, bulimia nerviosa y trastorno por atracón) así como la terapia psicodinámica breve (en depresión y consumo de opiáceos), parecen encontrar datos disponibles sobre su eficacia.


Tomando como referencia a Baile (2018), entendemos el concepto de ‘eficacia’ como la capacidad de un tratamiento psicológico para producir resultados comprobables científicamente vinculados con una mejora terapéutica del paciente, al menos más que los casos de no aplicación de tratamiento, de casos con efecto placebo o con otros tratamientos cuya eficacia ya haya sido comprobada con anterioridad. Tal y como recoge la SEPCyS, debido al extenso listado de tratamientos disponibles en el mercado, no todos han pasado las oportunas pruebas científicas para demostrar su eficacia, derivando en la aplicación de tratamientos poco eficaces que generan problemas añadidos a la sintomatología del trastorno mental correspondiente, como una disminución de la confianza del paciente dirigida a los profesionales sanitarios o clínicos, mayores costes económicos y una prolongación del sufrimiento emocional del paciente, entre otros resaltables.


Pese a ello, los estudios y análisis de la eficacia de los tratamientos psicológicos han arrojado datos fundamentales para comprender los problemas psicológicos y sus posibles soluciones. Por ejemplo, se ha conseguido establecer que las intervenciones más eficaces han de tener metas terapéuticas claras, centradas en el tratamiento de problemas a corto plazo, estructurándose por otra parte en sesiones de corta duración (6 meses como mucho) salvo en casos excepcionales que merezcan otro tipo de duración. Además, los resultados indican una mejoría en los pacientes en las primeras 8-10 sesiones, de tal manera que ciertos tratamientos (por ejemplo, de corte psicoanalítico que pueden alcanzar hasta más de 500 sesiones) quedan relegados a puestos inferiores por la evidencia científica.


Este cribado, tanto de tratamientos eficaces como de tratamientos no eficaces, constituye un mecanismo esencial por parte de la comunidad científica y profesional cuyos beneficios redundan no sólo en el ámbito de los/las pacientes, sino también en los propios profesionales de la salud, las compañías farmacéuticas, las mutuas de seguros y, por supuesto, el ámbito de la sanidad pública y privada. La construcción del conocimiento social sobre tratamientos eficaces permite continuamente incrementar la calidad de vida de nuestros pacientes, reducir costes (económicos, temporales), facilitar la comunicación entre ámbitos multidisciplinares y mejorar los resultados consecuentes, incluso, facilitando una alianza terapéutica más estable y una mayor adherencia de los usuarios a los tratamientos recomendados (entre otros efectos reseñables).


El debate es largo y el tema, interesante, por lo que espero que esta aportación haya resultado de interés.


Un saludo lector/a.


Álex Melic


Referencias:


Baile, J. I. (2018). Psicología clínica y de la salud en adultos: Manual de casos. Madrid: Ediciones CEF.


Labrador, F. J., Vallejo, M. A., Matellanes, M., Echeburúa, E., Bados, A. y Fernández-Montalvo, J. (2003). La eficacia de los tratamientos psicológicos. Documento de la Sociedad Española para el avance de la Psicología Clínica y de la Salud. Siglo XXI. Noviembre de 2002. INFOCOP, 17, 25-30. Descargable de http://www.sepcys.es/uploads/documentos/Documento-Eficacia-Tratamientos-SEPCyS.pdf.

Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar social (2018). Encuesta Nacional de Salud de España de 2017. Descargable de https://www.mscbs.gob.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaNacional/encuestaNac2017/ENSE17_pres_web.pdf.

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